Érase una vez, en una gran ciudad, llegaba la temporada de los circos.
Niños y adultos acostumbraban a ir de paseo y a disfrutar de los mejores espectáculos, aprovechando las vacaciones escolares.
Venían circos de todo el mundo, con animales muy bien entrenados: leones, tigres, contorsionistas, malabaristas, bailarines… Todo aquello que atraía la atención y la ilusión de la gente.
Un fin de semana, Mario, Daniel y sus amigos del barrio, muy animados, se organizaron entre ellos y fueron con sus padres al circo del payaso Tony.
Tony era muy famoso por sus habilidades y por los números que presentaba. Jugaba con instrumentos musicales, era muy gracioso y hacía participar tanto a niños como a adultos. Por ese motivo, todos lo aplaudían y gritaban su nombre antes de que saliera a escena.
Pero algo sucedió de repente.
Javier, uno de los amigos de Mario y Daniel, había venido solo porque sus padres estaban trabajando. Sin decir nada, se acercó a donde estaban los animales y no se dio cuenta del peligro que corría al dar de comer a los leones.
Al rato, sus amigos escucharon un grito desgarrador.
Uno de los leones llegó a arrancar parte de la camisa de Javier. Muy asustados, corrieron hacia él. En ese momento, Tony el payaso suspendió la función durante unos minutos, se acercó al niño y le dijo con calma:
-Nunca te acerques a los animales si no los conoces. Ellos pueden atacar cuando se sienten amenazados o cuando se acercan personas desconocidas. Sé que no querías hacerles daño, pero es mejor que no lo vuelvas a hacer nunca más.
Y así, Javier aprendió una lección importante: la curiosidad sin cuidado puede ser peligrosa, y la protección es una forma de amor.
